Rajastán: por la India rural

Cuando empezamos a recorrer Rajastán, en seguida nos dimos cuenta de que iba a ser una ruta más turística. Oímos frases como: “Barcelona és bona si la bossa sona”, “Más barato que en Mercadona”, hasta un “Qué pasa neng!!??…” con gesticulación incluida.

El Rajastán es un estado del noroeste de la India, con 57 millones de habitantes, donde la mayoría de la población es rural, pobre y con un alto índice de analfabetismo. Muchas de las rutas turísticas incluyen paradas obligadas en sus pintorescas ciudades. Nuestra primera parada fue la inhóspita ciudad de Bikaner, donde el calor de una tierra desértica nos dio la bienvenida, y donde unos nuevos actores entraron en escena: los dromedarios aparecían por las sucias calles tirando de carros cargados de mercancías. Visitamos Karni Mata (templo de las ratas), sin duda uno de los templos más extraños que hemos visto, repleto de ratas, consideradas sagradas, que campan a sus anchas por el templo y donde, para entrar,  te hacen descalzar… una experiencia no muy agradable, la verdad.

Nuestro siguiente destino fue Jaisalmer, al que llegamos en tren, en nuestro primer viaje en ferrocarril por India, que recordaremos como una experiencia genial.  Llegamos media hora antes a la estación para poder ubicarnos ya que no había asientos reservados. Al poner el pie en el andén, no dábamos crédito: el tren ya estaba lleno. Bueno, lleno es poco, estaba a tope, rebosaba personas: había gente subida en los portaequipajes, familias enteras unos encima de otros, paquetes y fardos por todos lados… un espectáculo! Después de recorrer el andén y ver que todo el tren iba igual, decidimos meternos como pudimos en uno de los vagones. A los cinco minutos llegaron Laura y Jose, una pareja de Barcelona que acababan de empezar sus vacaciones mochileras por la India y que luego se convertirían en nuestros compañeros de viaje por más de dos semanas. El tren arrancó y allí estábamos los cuatro, rodeados de gente que quería saber de nosotros: de pie y sin un centímetro para movernos fuimos haciendo amigos, enseñándoles fotos del viaje, viendo la guía y comunicándonos como podíamos. Al final la matriarca de una familia de 8 hijos, llamó a Marta y Laura, que acabaron sentadas como protagonistas entre ellos. Por fin llegamos a Jaisalmer, la ciudad dorada. Nuestro objetivo era poder dormir una noche en las dunas del desierto, pero todo se nos puso en contra y el monzón decidió que no era el momento para dormir al raso a los pies de los médanos.

La siguiente parada fue Jodhpur, la ciudad azul, en la que sufrimos ser “blanquitos”: todos se echaban fotos con nosotros, nos miraban de arriba abajo, se reían y nos llamaban Gora y Gori.

Nuestros días en Udaipur, la Venecia india, los pasamos en compañía de los mochileros (Laura y Jose) con los que coincidimos por casualidad en un restaurante después de habernos despedido en Jaisalmer. Y la ruta por el Rajastan acabó en Pushkar, donde se mezcla el peregrinaje hindú con los mochileros en busca de la tranquilidad de sus terrazas y tiendecitas de ropa hippy.

A nivel emocional, esta parte del viaje ha sido intensa ya que hemos tenido sensaciones contradictorias hacia este país que nos ha acogido con los brazos abiertos. Por un lado, uno puede reconocer a la India mística, con su multicolor de ropas y templos, olores a inciensos y especias, gentes amables que te ofrecen lo poco que tienen…. Pero también hemos visto otra cara de la India, la cara injusta, que nos ha hecho sentir asco, rabia, miedo, indiferencia, la cara que nos ha desesperado en algunos momentos. Esta segunda parte ha salido de su suciedad y poca higiene, de algunas de sus costumbres, de su poco respeto hacía las otras personas y su espacio físico, de la invasión de vehículos y sus pitidos, etc. En fin, India no nos está dejando indiferentes.