Las islas encantadas: una larga historia


Tras siete días surcando los mares a vela con tierra a babor, el viento cesó y la calma se impuso. Un sol tropical abrasador azotaba a los marineros y las velas caían sin la menor intención de empujar al navío. A pesar de no haber viento, un fuerte corriente empujaba el barco mar adentro y lentamente la tierra desaparecía en el horizonte. Los víveres empezaban a escasear y la sed se hacía insoportable, hombres y caballos padecían…,¿qué esperanza les quedaba?


El día amaneció, era 10 de marzo de 1535, hacía quince días que habían partido de Panamá en dirección Lima, cuando en el horizonte apareció una silueta de lo que parecía una isla. Las esperanzas volvían, estaban salvados.
Así fue, por casualidad, y gracias a las calmas de viento y la corriente de Humboldt, como el obispo Tomás de Berlanga y sus marineros descubrieron las islas Galápagos.
Este es un fragmento de la carta que envió el obispo Berlanga al rey Carlos V donde describía el paisaje y fauna de las islas:
«Desde esta isla vimos otras dos, la una muy mayor que todas, que largamente bojaría quince o veinte leguas; la otra era mediana. Yo tomé la altura para saber en qué paraje estaban estas islas, y están desde medio grado a uno y medio de la Ecuatorial a la banda del Sur. En esta segunda había la misma disposición que en la primera: muchos lobos marinos, tortugas, iguanas y galápagos; muchas aves de las de España, pero tan bobas, que no sabían huir, y muchas tomaban a mano. A las otras dos (islas) no llegamos ni sé la disposición que tienen. En ésta, en la arena de la playa, había unas chinas que, así como salimos (a tierra), pensamos que eran puntas de diamantes, y otras de color de ámbar; pero en toda la isla no pienso que hay donde se pudiese sembrar una hanega de maíz, porque lo más della está lleno de piedras muy grandes» … «y la tierra que hay es como escoria sequísima, que no tiene virtud para criar un poco de hierba, sino unos cardones, las hojas de los que dije que comíamos».

En ese momento se abrió la caja de Pandora, y la suerte de los habitantes (tortugas, iguanas, etc…) de esas islas no tardaría en truncarse por las ambiciones, otra vez más, del ser humano. La noticia del descubrimiento de las islas fue difundiéndose, algunos se aventuraron a cartografiarlas y en las cartas de navegación empezaron a figurar estas misteriosas islas habitadas por monstruos y tortugas gigantes.
La suerte las llevó a ser guarida de piratas, que encontraban en ellas el lugar perfecto para proveerse y atracar a los navíos españoles, y poco después los balleneros se afincaron también aquí, ya que sus costas eran frecuentadas por las ballenas que migraban por el Pacífico. Las especies más afectadas fueron las tortugas gigantes que eran capturadas y embarcadas en los navíos como reserva de comida porque tienen la capacidad de vivir hasta un año sin comer y beber, debido a su metabolismo capaz de convertir las reservas de grasa en agua. En esta época también se introdujeron nuevas especies de animales y plantas traídas del continente que alteraron el equilibrio milenario del archipiélago. Fue tanta la presión que sufrió el ecosistema de Galápagos que hasta algunas especies, como las tortugas de Floreana, dejaron de existir.
En 1835, el naturalista Charles Darwin que realizaba un viaje alrededor del mundo a bordo del Beagle, hizo una escala en las islas Galápagos. Allí encontró animales que no existían en ninguna otra parte del planeta pero que tenían un enorme parecido a animales ya conocidos en el continente. Todo ello le llevó a cuestionar el origen divino de la vida y empezó a gestar la teoría de la evolución de las especies, que años más tarde publicaría, convirtiéndose en uno de los grandes pensadores universales.
Después de la visita de Darwin, las islas fueron utilizadas como prisiones donde explotaban y aislaban a los presos más peligrosos. Acabada esta oscura etapa, empezaron a llegar europeos del norte en busca del paraíso terrenal movidos por los negocios de exportación de pesca o con la idea de encontrar un paraíso utópico en contacto con la naturaleza salvaje. La mayoría de las experiencias tuvieron finales trágicos, ya que la vida aquí no era fácil y no podían sobrevivir a las duras condiciones que la naturaleza imponía a estas islas volcánicas.
No fue hasta 1959 cuando el gobierno de Ecuador tomó la decisión de crear el Parque Nacional Galápagos y desde entonces la conservación y recuperación de las islas Galápagos es una de las prioridades nacionales. Nos ha sorprendido gratamente el trato que se hace al Parque Natural y lo estrictos que son a la hora de gestionar las áreas protegidas.
Parece que aquí sí han entendido que el tesoro está en conservar el ecosistema.

Isla de Bartolomé

Fragatas sobrevolando nuestro barco

Puesta de sol en Puerto Villamil, Isla Isabela

Vista de la volcánica isla Isabela

Caleta tagus

La lava solidificada de la isla de Santiago

Isla de San Cristóbal